Hace seis meses que el hijo de Mireya Santiago no va a la escuela. Dejó trunco el décimo grado y se metió a trabajar en una empresa de jardinería. “No hay forma de hacerlo regresar”, cuenta la madre del adolescente que desertó de la vida académica tras varios años de ser acosado por niños afrodescendientes.
“Antes de decirme que no iría más, tomaba el camión, se bajaba en la escuela, pero no entraba a clases, se iba a otra parte”, agrega en entrevista telefónica.
La madre no se enteró hasta que los maestros la mandaron a llamar. Ella presionó al chico para que regresara y él le contó que no quería ir porque muchos compañeros “lo provocaba para tener problemas” y empezaban los pleitos.
El tema racial era una razón de acoso en la escuela del hijo de Mireya Santiago en Quick Forest, North Carolina, como en muchos otros, pero no el único.
De acuerdo con los últimos datos de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (2017), el 19% de los alumnos de entre 13 y 16 años fueron víctimas de acoso escolar dentro de los centros educativos de la Unión Americana.
La variedad de motivos es tan amplia como las características físicas, sociales, económicas, psicológicas, geográficas, de estatus migratorio o hasta por la tonalidad de piel entre los mismos de habla hispana.
Los latinos en Estados Unidos con piel más oscura están experimentando la discriminación de sus compañeros latinos y de los no latinos en casi la misma proporción, según una encuesta del Centro de Investigación Pew publicada este año.
Entre los latinos de piel más oscura, alrededor del 41% dijo que fue discriminado o tratado injustamente por otro latino y el 42% dijo que había sido discriminado por personas no latinas, según la encuesta.
Los de piel más clara dijeron que experimentaban discriminación, pero no tanto como los de piel oscura.
Los investigadores descubrieron que alrededor del 25% de los que participaron en la encuesta dijeron que la discriminación procedía de otros latinos, mientras que el 29% dijo que era de otras persona.
En el caso del chico de Mireya era por ser mexicano. “Regresa a tu país”, le decían entre empujones. Tres veces fue a dar al hospital, en la última tuvo una contusión en la cabeza y lo tuvieron que suturar.
“Estaba en el baño y los morenos se empezaron a pelear entre ellos y cuando mi hijo salió lo golpearon a él”.
La madre intentó de todo para mejorar las condiciones escolares. Primero habló con las autoridades de la escuela, pero le dijeron que “por ser una escuela pública no había mucho personal” para estarlos vigilando.
Después quiso cambiarlo de escuela, pero le advirtieron que si algún alumno se salía del condado que le correspondía no le darían transporte. “Por eso lo dejé en la misma escuela”.
Cuando su hijo le anunció que no iría más, Mireya Santiago sintió mucha pena y frustración. No podía creer que las autoridades escolares no tomaran cartas en el asunto y simplemente lo dejaran ir. “Quisiera demandar a la escuela o algo así pero temo por mi condición migratoria”.
En 2019, los familiares de Diego Stolz, un niño hispano de 13 años que murió tras ser golpeado en la escuela por dos compañeros, demandaron por 100 millones de dólares a las autoridades escolares del Distrito Escolar de Moreno Valley, en California, por su presunta responsabilidad en el deceso.
La madre adoptiva había denunciado a los administradores de Landmark los hechos, según el reclamo legal, pero sintió que sus quejas no se tomaron en serio.
“Uno se queda con la sensación de que no les importa”, observa Mireya Santiago quien actualmente organiza un grupo de tres o cuatro padres de familia que han tenido el mismo problema y reclamar a las autoridades. “El problema es que se lo piensan mucho porque tienen temor por ser indocumentados”.
El extremo
Cuando Katy Krurop tenía 13 años, sufrió el suicidio de uno de sus mejores amigo, un chico mexicano a quien los muchachos de la escuela no paraban de molestar. Le quitaban el luch, el dinero. Se burlaban de él por sus zapatos, por su ropa, porque no usaba ropa de marcas caras.
“Un día simplemente agarró un lazo y se colgó en el gimnasio”, recuerda con tristeza en entrevista telefónica desde Raleigh.
Ese hecho, marcó por mucho a Katy Krurop, una afroamericana quien actualmente es pastora de una iglesia evangelista.
“Sus amigos lo defendíamos cuando estaba con nosotros, alertábamos a los maestros, pero en algunas clases, cuando no coincidíamos, los niños acosadores se aprovechaban”, recuerda. “Lo más que llegaban a hacer los maestros es separarlo por unos días y luego lo regresaban a las aulas y volvían contra él”.
Los Centros de Control de Enfermedades (CDC), la tasa de adolescentes y adultos jóvenes que se suicidan aumentó un 47% en dos décadas por una amplia variedad de fuerzas impulsoras: aislamiento social y geográfico, dificultades financieras, dependencia de drogas y alcohol y problemas de salud mental.
En el caso de muchos mexicanos radicados en EU, el estatus migratorio tiene un alto impacto en los suyos.
“La comunidad tiene miedo y eso se refleja en sus hijos”, observó Gabriela Barajas, académica de medicina de la Universidad de Nueva York en un estudio publicado en 2020 sobre las emociones de estudiantes latinos jóvenes.
“Ansiedad, falta de atención, el temor latente de una posible separación familiar son manifestaciones latentes en todos los hogares donde hay un familiar sin documentos”.
Un 22 % de los encuestados en el estudio respondió que los niños tenían dificultades para enfocarse en sus tareas en la escuela, comparado con el 4.3 % de los hijos de los padres no inmigrantes.
Desde la muerte de su amigo, Katy Krurop se sintió más cercana a la comunidad latina. No sólo porque vivía en el mismo barrio de ella, sino porque los consideró más vulnerables por su condición migratoria.
Con el tiempo entendió que la vulnerabilidad no era una condición exclusiva de los migrantes víctimas de boulying. Ni siquiera de una raza, sino una condición del ser humano que debe tratarse.
Un 22 % de los encuestados en el estudio respondió que los niños tenían dificultades para enfocarse en sus tareas en la escuela, comparado con el 4.3 % de los hijos de los padres no inmigrantes.
Desde la muerte de su amigo, Katy Krurop se sintió más cercana a la comunidad latina. No sólo porque vivía en el mismo barrio de ella, sino porque los consideró más vulnerables por su condición migratoria.
Con el tiempo entendió que la vulnerabilidad no era una condición exclusiva de los migrantes víctimas de boulying. Ni siquiera de una raza, sino una condición del ser humano que debe tratarse.









